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Extrañarte a ti mismo

Hay una forma muy extraña de extrañar a alguien: extrañarte a ti mismo. Y quizá te ha pasado sin darte cuenta. No porque quieras regresar a una etapa de tu vida, ni porque pienses que antes eras mejor, sino porque un día te encuentras con una fotografía, escuchas una canción que no habías escuchado en años o vuelves a un lugar que conocías perfectamente y aparece una sensación difícil de explicar. Ves a esa persona y sabes que eres tú, pero también sabes que ya no eres exactamente quien aparece ahí.

No necesariamente quieres recuperar aquella vida. Quizá ni siquiera volverías a tomar las decisiones que tomaste en ese momento. Hay lugares a los que no regresarías, personas que ya no forman parte de tu vida y etapas que, aunque recuerdes con cariño, sabes que terminaron por una razón. Pero hay algo de ti que existía entonces y que hoy parece mucho más lejano.

Tal vez extrañas la facilidad con la que te emocionabas por cosas pequeñas, la curiosidad que tenías por conocer lugares nuevos, las ganas de hacer planes sin pensar demasiado en todo lo que podía salir mal o esa capacidad de disfrutar una tarde sin sentir que estabas desperdiciando el tiempo. Tal vez extrañas tener un hobby que te emocionaba, escuchar música durante horas, salir sin tener un motivo especial o simplemente sentir que había muchas cosas por descubrir.

Y qué extraño es darte cuenta de que, mientras estabas ocupado creciendo, también estabas dejando algunas cosas atrás.

En qué momento empezamos a cambiar

Cuando hablamos de crecer, normalmente hablamos de todo lo que ganamos. Hablamos de madurez, experiencia, independencia, seguridad y de aprender a conocernos mejor. Pero pocas veces hablamos de todo lo que también perdemos en el proceso.

Porque crecer no solamente significa convertirte en alguien nuevo. También puede significar dejar de hacer cosas que antes formaban parte de ti. Dejar de visitar determinados lugares, perder contacto con algunas personas, abandonar hobbies, cambiar nuestras rutinas o empezar a vivir con tantas responsabilidades que aquello que antes nos hacía ilusión deja de tener espacio.

Y lo más extraño es que casi nunca existe un momento exacto en el que decidimos dejar de ser quienes éramos. Nadie nos avisa que una tarde será la última en la que hagamos algo de esa manera, que aquella será la última vez que tengamos cierta conversación o que ese será el último año en el que algo formará parte de nuestra vida.

Simplemente pasa.

Un día miras hacia atrás y te das cuenta de que llevas muchísimo tiempo sin hacer algo que antes disfrutabas. Y entonces aparece una pregunta que puede ser bastante incómoda: ¿en qué momento dejé de ser esa persona?

Quizá la respuesta sea que no dejaste de serla de un día para otro. Quizá solamente fuiste cambiando poco a poco.

Las responsabilidades ocuparon el lugar de la espontaneidad. El cansancio empezó a ganarles a las ganas. El miedo comenzó a aparecer antes que la curiosidad. La necesidad de ser productivo hizo que algunas cosas que simplemente disfrutabas empezaran a parecerte una pérdida de tiempo.

Y sin darte cuenta, comenzaste a vivir de una manera que tu versión de hace algunos años probablemente no reconocería.

No siempre queremos volver, a veces solo queremos recuperar algo

SCNHM_No siempre queremos volver, a veces solo queremos recuperar algo

Pero aquí hay algo importante: extrañar una versión de ti no significa necesariamente que quieras volver a ser esa persona.

Porque también hay cosas que hoy sabes y que antes no sabías. Hay decisiones que ahora tomarías diferente, personas a las que ya no permitirías entrar en tu vida y situaciones que ya no estás dispuesto a tolerar. Esa versión de ti también tenía inseguridades, miedos y errores que quizá hoy puedes mirar con mucha más claridad.

Por eso no se trata de idealizar el pasado ni de pensar que antes eras mejor.

Tal vez lo que extrañas no es quién eras por completo, sino cómo te sentías siendo tú en ese momento.

Quizá no quieres volver a tener la vida que tenías a los veinte, pero sí quieres recuperar las ganas que tenías a los veinte. Quizá no quieres volver a aquellas amistades, pero sí quieres volver a sentir esa facilidad para conectar con las personas. Quizá no quieres regresar a aquella etapa, pero sí quieres recuperar la capacidad de emocionarte con lo que todavía no conoces.

Y creo que hay una diferencia muy bonita entre querer volver y querer recuperar.

Volver implica regresar al lugar en el que estabas.

Recuperar significa tomar algo que todavía puede pertenecerte y llevarlo contigo hacia la persona que eres ahora.

Las partes de nosotros que dejamos sin espacio

A veces pienso que algunas partes de nosotros no desaparecen realmente. Simplemente dejan de tener espacio en nuestra vida.

Quizá todavía existe esa versión tuya que disfrutaba escribir, pero ahora tienes tantas cosas pendientes que nunca te sientas a hacerlo. Quizá todavía te encanta caminar sin rumbo, pero llevas tanto tiempo intentando aprovechar cada minuto que olvidaste cómo se siente salir sin tener un objetivo. Quizá todavía quieres aprender algo nuevo, pero empezaste a pensar que todo lo que haces debería servir para algo.

Y quizá no necesitas cambiar toda tu vida para volver a encontrarte.

A veces basta con preguntarte qué cosas te hacían sentir tú antes de que empezaras a preguntarte si eran útiles, productivas o suficientemente importantes como para merecer un espacio en tu agenda.

Porque tal vez también hemos aprendido a medir demasiado nuestra vida.

Si algo no produce, no sirve.

Si algo no tiene un propósito, es una pérdida de tiempo.

Si algo no nos hace avanzar, parece que estamos retrocediendo.

Y en medio de todo eso podemos terminar dejando fuera cosas que no tenían ninguna función más allá de hacernos sentir bien.

¿Qué parte de ti extrañas?

Quizá esta sea una pregunta mucho más interesante que preguntarte qué etapa de tu vida extrañas.

Porque una etapa completa puede tener cosas a las que jamás querrías regresar. Pero dentro de esa etapa probablemente había algo que sí te gustaría recuperar.

Entonces, en lugar de preguntarte “¿por qué extraño mi vida de antes?”, quizá podrías preguntarte: “¿qué parte de mí existía entonces que hoy ya no estoy dejando salir?”

Puede ser tu curiosidad, tu espontaneidad, tu creatividad, tus ganas de conocer gente, tu capacidad de descansar, tu manera de disfrutar las cosas pequeñas o simplemente la sensación de que no tenías que tener todo resuelto para sentir que estabas haciendo las cosas bien.

Y quizá algunas de esas partes todavía están ahí.

Solo necesitan que vuelvas a darles espacio.

No para convertirte otra vez en quien eras, sino para permitir que algunas cosas de aquella persona también formen parte de quien estás siendo ahora.

SCNHM_Crecer sin abandonarte

Crecer sin abandonarte

Tal vez crecer no consiste en convertirte en alguien completamente diferente. Tal vez también consiste en aprender qué partes de ti quieres conservar mientras todo lo demás cambia.

Porque sí, hay versiones nuestras que tienen que quedarse atrás. Hay formas de pensar que necesitamos superar, hábitos que necesitamos dejar y personas que ya no pueden acompañarnos en la siguiente etapa de nuestra vida.

Pero eso no significa que tengamos que dejarlo todo atrás.

Puedes crecer y seguir siendo curioso.

Puedes madurar y seguir emocionándote.

Puedes tener responsabilidades y seguir haciendo cosas simplemente porque te gustan.

Puedes aprender a cuidarte sin convertirte en alguien que tiene miedo de vivir.

Y quizá algún día puedas encontrarte con una fotografía antigua y, en lugar de pensar solamente “qué diferente era”, puedas mirarla con cierta ternura y pensar:

“Qué bonito que esa persona todavía viva un poquito en mí.”

Porque quizá no extrañas a quien eras, quizá extrañas la manera en la que esa persona habitaba su propia vida.

Y tal vez no necesitas regresar para encontrarla. Tal vez solo necesitas recordar qué cosas te hacían sentir tú y preguntarte cuáles de ellas todavía tienen un lugar en la vida que estás construyendo ahora.

Porque crecer también puede significar eso: aprender a avanzar sin abandonarte.

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